Sin salir, como siempre.

Cuarenta y dos es el número de la vida para los supersticiosos, el número de días completos que llevamos encerrados para los que vemos con los ojos. Casi mes y medio de encierro, donde los pensamientos giran sobre sí mismos hasta la extenuación.

Cuarenta y dos días dándome cuenta de lo poquísimo que me gusta a lo que estoy dedicando mi vida. Pero es inevitable. Con la que se nos viene encima, más nos vale colocarnos nosotros mismos los grilletes del mercado laboral para apostar por un futuro asegurado, que plantearnos cuestiones banales en tiempos de coronavirus como si nos gusta lo que hacemos. No me gusta lo que hago. No solo no me gusta, sino que se me está haciendo tan duro que empiezo a odiarlo. La ayuda que recibo es la de un puñado de personas que rozan la psicopatía con serias carencias de empatía y simpatía, con una apatía que roza lo desesperante. 

Me he terminado, eso sí, Africanus, cuya reseña tenéis aquí para quien quiera leerla. Me he reconciliado con la lectura y voy entablando lazos más profundos con la escritura. Lo malo de escribir es que no puedes evitar encontrarte contigo mismo, algo que es muy duro cuando eres la última persona con la que te quieres cruzar. Sin embargo, la satisfacción es tal cuando acabo, que no me queda otra que sobreponerme y poner la mejilla.

Nuestra salud social se está poniendo a prueba. Tenemos que esforzarnos en ser felices, en mantener la compostura y la postura. Mordernos la lengua ante la falta de empatía precisamente por empatía. No os hacéis una idea de lo que se vive en la universidad. Exámenes a contrarreloj, a mansalva, sin miramientos. Muy pocos utilizan el pensamiento crítico del que hacen alarde para encontrar una mejor forma. El punto de vista común gira entorno a trabajar el doble por la mitad de reconocimiento, en una oda a la justicia. 

De justicia entiende poco la situación actual, donde los pobres son más pobres, donde hay personas pasando hambre por primera vez en su vida, donde el internet se ha vuelto un distintivo social fuerte. Llevo cuarenta y dos días sin ver a mi novio, cuarenta y dos días hablando con las mismas dos personas por las que mantengo la cordura. 

Dejadme salir, o me tendré que quedar aquí dentro. Dentro de mi.


Alberto Puntas.

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